agosto 25, 2010

Jerarquías de Dominación

Es muy curioso. Se supone que el ser humano es el animal más inteligente que hay, y uno de los más evolucionados. Y sin embargo, a veces esa superioridad juega en su contra y los resultados son de lo más negativos.

La cosa es así. Entre un gran número de especies, existe un muy efectivo método para reducir los conflictos en grupos sociales de la misma especie. Consiste en que en el grupo habrá un individuo que tome el papel del líder dominante (comunmente llamado el "macho alfa", o "hembra alfa" en las especies matriarcales), siendo aquel con la autoridad para solucionar todo tipo de situaciones, y cuya supremacía es incuestionable por parte de todos los demás. El punto clave es que no sólo tiene poder sobre los demás, sino que también se vuelve responsable por la supervivencia y bienestar de todos. El liderazgo como medio, no como fin.

El ser humano ES una de las especies que instintivamente recurre a ese modelo de Jerarquías de Dominación (llamado elegantemente "jerarquías sociales" para diferenciarnos de los demás animales). Nos viene en los genes. Y, como decía al principio, el problema es que nuestra supuesta civilización y racionalidad es lo que nos provoca los mayores conflictos al chocar con dichos instintos. Básicamente nuestro problema es que no sabemos perder.

La situación tiene que ver con un concepto bastante sencillo. En los grupos animales con Jerarquías de Dominación hay un mecanismo auto-regulador denominado Luchas de Poder. Esto es, cuando un individuo desea intercambiar su lugar jerárquico con su superior, puede retarlo a una lucha para ver quién logra dominar al otro. El ganador se queda con el lugar superior, dominante y poderoso; el perdedor se aleja con la cola entre las patas, pero vivito y coleando.

La función de esas Luchas de Poder es asegurarse de que el individuo dominante sea el más apto para cumplir con las funciones y responsabilidades de ese rol. Por eso el ganador será aquel con los mejores recursos. Generalmente el más fuerte, el de mayor experiencia, el más adaptable, el más astuto... El más capaz, en los sentidos que sea importante y necesario. (La supervivencia del más apto, enfocada al aspecto social, pues.)

Pero regresemos al problema de los hombres. Somos la única especie que se obsesiona por la victoria por sí misma, por subirse el ego para sentirse superior, que no sabe cuándo renunciar, que se siente ofendido y hasta agraviado por haber sido vencido por alguien. Perder es el peor insulto y la humillación más grande.

Cuando los animales entran en una lucha de poder, su objetivo es demostrar su capacidad, NO HUMILLAR NI VENCER DEFINITIVAMENTE a su rival. Hacen ruidos y movimientos exagerados para intimidarse, sin intercambiar golpes. Se lanzan de cabeza, dispuestos a chocar sus cuernos, pero no con intenciones de empalarse y sacarse las tripas. Miden sus músculos y colmillos para demostrar quién es el más grande, pero sin usar ese tamaño para aplastar al rival. Se atacan con las patas, pero con las garras retraídas.

¿Por qué harían eso? ¿No sería más efectivo usar las garras? ¿No estarían causando más daño a su rival con cada golpe? Definitivamente, pero si usaran sus garras, el rival las usaría también, y en lugar de un ganador y un perdedor tendríamos dos individuos (probablemente muy) heridos. Victoria, pero ¿a qué costo?

Ese pequeño concepto se nos suele escapar a los humanos. Nos obsesionamos tanto con ganar, que nos negamos a reconocer la superioridad del otro. Cuando vemos que llevamos las de perder, escalamos (sacamos las garras). Si aún así sentimos que seguimos perdiendo, volvemos a escalar (vamos por la jugular). Y, por supuesto, el problema de aumentar la apuesta es que el riesgo también aumenta, y mucho. En lugar de simplemente intentar ver quién es el mejor, nos jugamos el todo por el todo (muchas veces sin pensar en las posibles consecuencias negativas que habrá, aún si logramos ganar el embate).

Y entonces, así sea que ganemos, no dejamos de ser unos idiotas obsesivos. (Nunca falta cuando con tal de ganar lo que acabamos sacrificando es precisamente aquello que queríamos obtener en primer lugar.)

Porque perder no es el fin del mundo. No significa que todo es definitivo, ni que nunca en la vida podremos volver a intentar subir de jerarquía. Es una prueba fehaciente y tangible de que AÚN NO TENEMOS LA CAPACIDAD necesaria para dominar a ese rival que enfrentamos. Y más vale bajar la cabeza que perderla. Lo único verdaderamente irremediable es la muerte.

Porque perder no nos hace menos. En este mundo tan superpoblado, siempre, y de verdad SIEMPRE habrá alguien abajo y alguien arriba de nosotros. Alguien más rico, alguien más pobre, alguien más listo, alguien más tonto, alguien más capaz, alguien más inútil, alguien más atractivo, alguien más feo, alguien mejor, alguien peor. Y obsesionarse con estar hasta arriba es prácticamente lo mismo que correr detrás de nuestra misma cola.

Porque perder nos quita oportunidades, pero también nos libra de responsabilidades y obligaciones. Porque somos tan orgullosos que comunmente cuando subimos de jerarquía nos negamos a volver a bajar, aún si no nos encontramos en el lugar más adecuado para nuestras capacidades. Y como nos obsesionamos tanto por ganar como un fin (y no como un medio), pasamos cientos de horas creando la estrategia necesaria para subir, en lugar de preparándonos para tener las habilidades que necesitaremos estando arriba. Y la victoria sigue siendo hueca.

Porque perder generalmente implica que no entendimos (o no quisimos ver) la capacidad de nuestro rival. Porque hay que saber elegir adecuadamente qué peleas vale la pena pelear, y qué es lo que estamos dispuestos a jugarnos a cambio. No pelear por pelear, ni dominar sólo para ser dominante. Estar arriba no te hace automáticamente mejor ni superior.

Al final la solución es clara. Hay que aprender a perder.

1 comentarios:

mortdoucelis dijo...

"correr detrás de nuestra misma cola" mejor no lo podías expresar! jiji...Saber perder requiere de tolerancia a la frustración y humildad, o sea de madurez.
Buen post!

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