noviembre 19, 2008

Había una vez...

Había una vez un pequeño príncipe, que soñaba con encontrar a su princesa y ser felices por siempre jamás.

Pero entonces ese pequeño príncipe fue creciendo, y se tuvo que enfrentar a la vida. Descubrió que la vida está llena de ironías, contradicciones y mentiras. Que lo que la gente dice y lo que la gente hace no es lo mismo. Que lo que queremos y lo que necesitamos suelen ser cosas muy diferentes. Y que la gran mayoría de las personas exigen aquello que no son capaces de ofrecer a cambio.

Llegó un momento en el cuál el príncipe se sintió inadecuado, poco valioso, poco merecedor de estar al mismo nivel que esas princesas que solía poner en un gran y frágil pedestal de cristal. Se veía a si mismo como un feo monstruo sin virtudes ni atractivo. Y precisamente admiraba a aquellos estúpidos sapos que por su simple atractivo se mostraban orgullosos, arrogantes, seguros, confiados... "Ojalá algún día yo logre comportarme como ellos. Ese debe ser su secreto."

Sin embargo, ese príncipe tuvo grandes maestros, que le enseñaron a pelear sus propias peleas, a buscar ser cada día mejor, a reconocer su propio valor, a pelear con cuanto gigante, minotauro y dragón se cruzara en su camino. Y el camino fue arduo, y le costó sangre. Y lo engañaron, hirieron, jugaron con él, lo ignoraron, lo rechazaron, lo subestimaron, lo etiquetaron. Y todo eso no sirvió mas que para aumentar su decisión, forjar su voluntad y aumentar su confianza.

Y sin darse cuenta se volvió un hombre. Un fiero, pero pacífico guerrero. Un sabio, capaz de aprender de su propia experiencia y de la de los demás. Un líder, más interesado en alcanzar sus objetivos que en ser el centro de atención. Y tomó algunas decisiones importantes. Como ser él mismo siempre, ante todo y a pesar de todo. Como no engañar a la gente, pero sobre todo nunca engañarse a si mismo. Como intentar siempre ser una mejor persona, en crecimiento constante, y nunca dejarse caer en la mediocridad.

Con el tiempo el príncipe conoció el amor, y su propia fuerza vital le permitió no llegar a tenerle miedo, a pesar de las heridas y las decepciones. Y a pesar de los engaños, desencantos, traiciones, egoísmos y equivocaciones, su fe absoluta en la existencia de su Princesa Encantada no se perdió. Flaqueó en varias ocasiones, pero siempre al final se mantenía firme y confió en su Destino. Había decidido nunca amargarse ni convertirse en uno más de aquellos brujos y encantadores que basaban su existencia en el engaño y el beneficio propio sobre el de los demás.

Y una, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra vez más creyó encontrar a su princesa, sólo para descubrir que se había equivocado. En algunas ocasiones simplemente no eran uno para el otro, en otras pudo más el miedo, el egoísmo, los prejuicios, la inmadurez y la mediocridad. Sin embargo, al final el príncipe supo salir adelante y sacar provecho de las situaciones.

Por desgracia, tal búsqueda le permitió descubrir mucho más de si mismo de lo que había pensado. Ahora sabía qué era. Qué necesitaba. Qué quería. Y se volvió selectivo. Muy selectivo. ¿Para qué buscar princesas en castillos que de antemano sabía no contenían aquello que buscaba?

Porque ahora sabía que no quería una caprichosa, inútil y consentida princesita. Quería una princesa independiente, fuerte, apasionada, pero romántica, femenina, vulnerable... Quería además una princesa que se encontrara en una búsqueda similar a la suya, esforzándose, creciendo y mejorando, preparándose para el día que encontraría a su príncipe. Una princesa que no se quedara cómodamente sentada en su torre, esperando el día que alguien llegara y mágicamente le resolviera la vida sin esfuerzo ni responsabilidad para ella. Alguien que no esperara que él únicamente le dijera lo que quería escuchar.

Y entonces el príncipe se dio cuenta de cuánto había cambiado. Ahora era un hombre muy diferente de la gran mayoría. Ecléctico, auténtico, original, diferente, loco. Caballeroso y descarado a la vez. Empático y temperamental. Sincero y reservado. Misterioso y sencillo. Sensual y espiritual. Impulsivo y racional. Paciente y directo. Romántico y realista. Y sin darse cuenta adquirió esa aura de seguridad, tan fácilmente confundida con arrogancia, egolatría o manipulación. Precisamente aquella apariencia que codiciara de pequeño, pero con un gran fundamento y justificación por debajo de la superficie.

Había entendido que se podía ser Noble sin ser Inocente, y que el verdadero Amor tenía que ver con querer lo mejor para la otra persona sin perderse a uno mismo ni ser Egoísta.

La sombra es el punto intermedio ente luz y oscuridad. No hay sombras sin luz, como tampoco existen en la oscuridad. Límite entre la cordura y la pasión, entre el cambio y la estabilidad. Yo soy el Príncipe de las Sombras. Permite que la noche nos cubra con su eterno manto, y la luna ilumine nuestros antiguos y devastados caminos. Ven a mí y encuentra la luz de mi oscuridad.

No era ya un Príncipe Azul. Se convirtió en un príncipe oscuro, sombrío, racional, observador, explosivo, poco convencional, clásico y moderno, lleno de valores, pero extremadamente liberal. Un príncipe diferente, extraño, intenso, entregado, pasional. Un Príncipe de las Sombras, contradictorio y coherente a la vez.

Esta historia aún se encuentra inconclusa, pero tal vez algún día haya otra parte, en la que el pequeño príncipe encuentre su tan esperado final feliz. O quizá sea más adecuado decir que encontrará un nuevo inicio para otra historia compartida.

1 comentarios:

jonasoft dijo...

Demente, loco , no eres normal, je eres mejor que un normal, muy bonita historia que anhelosamente quiero ver el final, lo esperare.

Saludos!!!.

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